A menudo me he preguntado el porqué
del teatro, muchos de vosotros conoceréis mi documental El Juego
del Teatro que más abajo muestro para quién todavía no lo
conozca.
Y es que este pasado domingo 14 de
Junio he asistido un año más al Encuentro de Escuelas de Teatro de
Castilla La Mancha, este año se celebraba la séptima edición en
Enguídanos; la segunda desde que yo soy monitora de la escuela de mi
pueblo, Villalpardo.
Éste año ha sido especial por muchos
aspectos, unos más alegres; otros menos célebres.
Quiero empezar este alegato al teatro
desde mi propia historia, o quizá sea la historia de mi madre, o de
ambas. Yo tuve mi primera andadura teatral con el teatro a los 5
años, cuando tras la necesidad de contar con un niño-actor para la
representación de la obra Casa de muñecas, mi madre,
vinculada a la compañía del pueblo desde 1989, ofreció a esa
pequeña niña de cinco años que; desde tiempos que no recuerdo
había gateado por aquel escenario. Ese fue mi primer papel, el
primero como actriz; si una niña que apenas tenía una decena de
frases puede llamarse actriz. Pero no es necesario recitar un papel
en el escenario para formar parte del teatro. Con el claro ejemplo de
mi madre, a la que debo esta pasión por el teatro y el arte en
general, observamos que no es el teatro el actor, si no una una pieza
más del gigantesco engranaje de ésta forma de vivir para tanta
gente, que es el teatro. Ella nunca se aprendió un papel, nunca
recitó una frase, nunca subió a un escenario, ni fue iluminada por
ningún foco. Ella, tan orgullosa Ayudante de Dirección -como a sí
misma se gusta definir-, ha sacado a delante junto a su inseparable
director, Librado Carrasco, innumerables montajes teatrales desde
hace años hasta hoy mismo; y lo que les queda. Y así, desde la
constancia que queda con fotografías de los años noventa, aprendí
a gatear, caminar, hablar y sentir entre ensayos de un viejo Centro
Social, bambalinas y decorados. Casa de muñecas con cinco
años y Los cuernos de Don Friolera con siete años fueron mis
primeros papeles, hasta que un día de verano Librado me cogió del
brazo cuando yo tenía tan solo 12 o 13 años y me mostró un texto:
La Verdadera y Singular Historia de la Princesa y el Dragón, me
maravilló la historia, pero solo había un problema: tenía que
convencer a un total de quince amigos, todos entre 12 y 16 años para
que se aventuraran a llevar a cabo el montaje de aquella obra.
Conseguí convencer a esos 15 amigos y juntos conseguimos que aquella
obra girara por pueblos de Castilla La Mancha durante tres años en
los que la pubertad, la diversión y la responsabilidad iban
creciendo y solapándose día a día; aquellos años forjaron mis
amistades hasta lo que son hoy en día. No cambiaría aquellos años
de mi adolescencia de gira con mis amigos por nada del mundo.
Aquellas representaciones en plazas Conquenses me han echo ser lo que
soy.
Hace aproximadamente año y medio se me
ofreció la oportunidad de ayudar a Librado y mi madre en la
dirección de la Escuela de Teatro municipal de Villalpardo, a lo que
accedí sin apenas pensarlo. Mi formación en numerosos cursos de
interpretación e improvisación me daban una formación que podía
poner en práctica con chavales de mi pueblo de las mismas edades que
yo tenía cuando representé La Verdadera y Singular Historia de
la Princesa y el Dragón. No sé qué pasó, ni qué hice mal ni
tan si quiera de quién pudo ser la culpa; en ese primer curso 2014
dos de los alumnos dejaron la escuela. Para el curso 2015 otro más
desistió de su aventura teatral y finalmente, a tan solo 15 días
del encuentro de escuelas de teatro otros tres alumnos nos dejaron en
la estacada. No podemos echarnos la culpa, ni tan siquiera intentar
buscar respuesta a tan semejante espantada. Lo único que tengo claro
es que he sido la culpable de no haber sabido transmitir todo lo que
aquel montaje ya lejano me dio a mí y a todos mis compañeros.
En el reciente encuentro de escuelas de
teatro escuché a alguien decir que: “ahora no nos podemos quejar
de las dificultades de hacer teatro, que antes sí costaba sacar
adelante una obra con todo el hambre, el frío y las penurias que se
pasaba”. Discrepo totalmente con esta afirmación. Antes, cuando
había hambre, frío y pobreza en cada casa de éste país no había
mayor alegría que juntarse todos para hacer la comedia, para poner
otro color a la vida, para escapar del hambre, del frío y las
penurias. Para la juventud de hoy en día parece ser que la vida está
tras la pantalla de una red social, en el extraño sabor de la
primera cerveza o en conversaciones frívolas con amigotes que dentro
de años o meses ya no lo serán. Por más que me pregunto no sé que
ha podido fallar, no sé si ha sido por la falta de personalidad
propia de los adolescentes, por mi falta de motivación para con
unos jóvenes pegados a sus dispositivos móviles o qué la juventud
de hoy en día nada tiene que ver con aquella de principios de siglo.
No hace falta decir que las puertas de la Escuela de Teatro estarán
abiertas para todos sea cual sea el momento en que quieran regresar.
Quién haya creído que hacer teatro
son todo éxitos y diversión está muy equivocado. Hacer teatro es
esfuerzo, dedicación y trabajo. Mucho trabajo. Estoy hablando de una
compañía amateur, que todo lo que hace es por puro y sincero amor
al arte. Tras aquella andadura adolescente a principios de los años
2000 pasó un tiempo prudencial hasta que volviera a hacer teatro.
Pero volví y más fuerte que nunca, llegando hasta la otra punta del
país para representar la obra que más reconocimiento y satisfacción
me ha dado. Hasta volver a impregnar a mis compañeros de clase del
amor al teatro cuando a penas los conocía. Hasta la realización de
un corto documental (ver abajo) donde volví a “engañar” a mi
grupo de amigas para que se subieran al escenario en dos únicas
representaciones. Hasta hoy en día.
Ayer fue un día importante para la
Invencible Teatro de Villalpardo. Para todo aquel ajeno al
maravilloso mundo del teatro, sepan que ayer, nuestra compañía de
teatro recibió el reconocimiento a la trayectoria por sus casi 70
años de historia. 70 años, que se dice muy pronto y cuesta mucho
más de recordar. 70 años haciendo teatro son muchos años. Aquí
queda patente el claro ejemplo de porqué somos Invencibles. Porque
nada ni nadie podrá tumbarnos. En aquel acto nuestro director
agradeció al ayuntamiento el apoyo incondicional que siempre ha
mostrado, agradeció a todos sus componentes el trabajo impagable que
han hecho y, sobretodo, agradeció al público sus aplausos porque
sin ellos hace años que la Invencible habría sido vencida.
Cuando me preguntan por qué hago
teatro no se muy bien que contestar. No sé si es esa pasión que he
mamado desde niña. Si es la satisfacción del reconocimiento que se
siente tras bajar el telón al finalizar una actuación. Si son los
nervios indescriptibles antes de pronunciar la primera frase. Creo
que nunca podré explicarlo, ni tan siquiera escribirlo.
Ayer vi a un niño que apenas sabía
hablar y a duras penas caminaba tocar el cajón flamenco encima de un
escenario mejor que cualquier percusionista que había visto nunca.
Vi a mujeres que rondaban los ochenta años pintarse barba y ser el
hombre que nunca fueron. Vi a madres y amas de casa disfrutar de los
focos, a hombres en tacones más resueltos de lo que estaré yo
jamás. Vi a actrices romper a llorar y actores contagiarnos una
carcajada inmensa.
Ayer, una vez más, me quedó claro
porqué amo el teatro. Aunque nunca llegue a ser capaz de explicarlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario