Libertad y silencio.
Noche. Silencio. Oscuridad. Silencio. Todo es negro
alrededor. Más silencio. Federico salta por la ventana de la parte
trasera de la casa. Sus manos se arañan al frenarse en la fachada
pero ya está acostumbrado. Repta en silencio por las calles del
pueblo. El corazón en un puño como cada vez que recorre el mismo
camino. Siempre en las noches sin luna, siempre con la oscuridad
de compañera. En su petate pan, algo de chorizo -demasiado poco-,
y una carta de María. Está a dos calles de la salida del pueblo.
Oscuridad. Silencio. Solo su corazón que palpita de miedo, aunque
ya haya echo ese camino más veces. Silencio.
En el bosque ya no hay silencio, búhos al acecho, insectos, grillos, sus pasos en la maleza. Los ojos de Federico ya se han acostumbrado a la oscuridad, sigue campo a través intentando no ir por el mismo sitio dos veces, ninguna senda lleva a ningún sitio. Seguir hacia el pino grande, girar a la izquierda detrás de la piedra “del moro”, contar tres carrascas del mismo tamaño, volver a girar a la derecha y luego a la izquierda otra vez. Ahora viene la parte difícil: dejarse caer por el cortado de la piedra y hacer la señal. Un silbido que suena como un gorrión despistado y escuchar qué contesta la noche...
La maleza se mueve unos metros más adelante, Federico se esconde ante una posible trampa.
En el bosque ya no hay silencio, búhos al acecho, insectos, grillos, sus pasos en la maleza. Los ojos de Federico ya se han acostumbrado a la oscuridad, sigue campo a través intentando no ir por el mismo sitio dos veces, ninguna senda lleva a ningún sitio. Seguir hacia el pino grande, girar a la izquierda detrás de la piedra “del moro”, contar tres carrascas del mismo tamaño, volver a girar a la derecha y luego a la izquierda otra vez. Ahora viene la parte difícil: dejarse caer por el cortado de la piedra y hacer la señal. Un silbido que suena como un gorrión despistado y escuchar qué contesta la noche...
La maleza se mueve unos metros más adelante, Federico se esconde ante una posible trampa.
-Fede... -un susurro de voz familiar.-Soy yo Juan.
Y antes de que pudiera verlo los dos hermanos se funden en un
abrazo al abrigo de las rocas, de la noche, de la oscuridad, del
silencio.
-Te he traído esto, no es mucho pero no tenemos mucho más.
Federico da a su hermano la bolsa donde le traía comida y la
carta de Maria. Sin hacer ningún caso al pan y el chorizo se
abalanza sobre la carta y mientras aspira el olor de las hojas
deja resbalar una lágrima.
-Juan... María no está bien, debería rehacer su vida.
El semblante del hermano mayor cambia en una décima de
segundo y deja fluir su rabia, no quiere volver a oír hablar de
eso. María es suya, su María. Deberían haber huido juntos en aquel
barco, cruzar el atlántico y empezar de cero. Pero ahora es
demasiado tarde.
-No puedo volver al pueblo, nos estamos preparando; cuando menos te lo esperes habremos conseguido la reconquista, volveremos a ser al pueblo libre que fuimos.
-Juan...
-¿Has escuchado la radio?
-Sí, Juan. Todos los días es lo mismo... la reconquista está
ahí, la nombran a diario pero yo no veo nada. Palizas, hambre y silencio. En el pueblo solo habla el cabo y el cabo habla a palos.
-¿Te ha pegado? Fede dime si te ha pegado, si ese hijo de puta te pone la mano encima lo mato. ¿Te ha pegado?
-¡No! -Fede baja la cabeza para que su hermano no vea es su ojos la mentira.
-¡Calla! No vengas aquí si es para echarme en cara todo lo que es imposible hacer. Lucharemos, nos estamos preparando.
Querido Juan,
Te escribo para decirte que te hecho tanto de menos... Cuento los días que no te tengo a mi lado. Hoy he vuelto a soñar que saltas por mi ventana, sucio y desvalido como aquella noche hace más de un mes. No se nada de ti, no se si ya has marchado al valle o si sigues en la montaña esperando instrucciones. No paro de pensar en ese barco. Tu hermano dice que no sabe nada de ti pero yo sé que miente, le daré esta carta y el sabrá hacértela llegar. Necesitaba escribirte, decirte algo importante. Estoy embarazada Juan. Embarazada de ti. Espero un hijo tuyo, un hijo de la libertad. Escapemos juntos, o vuelve rendido; no importa. Ahora solo importa nuestro hijo.
-No puedo volver al pueblo, nos estamos preparando; cuando menos te lo esperes habremos conseguido la reconquista, volveremos a ser al pueblo libre que fuimos.
-Juan...
-¿Has escuchado la radio?
-Sí, Juan. Todos los días es lo mismo... la reconquista está
ahí, la nombran a diario pero yo no veo nada. Palizas, hambre y silencio. En el pueblo solo habla el cabo y el cabo habla a palos.
-¿Te ha pegado? Fede dime si te ha pegado, si ese hijo de puta te pone la mano encima lo mato. ¿Te ha pegado?
-¡No! -Fede baja la cabeza para que su hermano no vea es su ojos la mentira.
-No te preocupes hermano, pronto todo esto habrá terminado.
-Siempre dices lo mismo. Que se terminará, que lucharemos por
la libertad, que sacarás a Maria de este pueblo, que empezaréis de
cero, pero no veo nada de eso.
-¡Calla! No vengas aquí si es para echarme en cara todo lo que es imposible hacer. Lucharemos, nos estamos preparando.
-Ya...
-Ven aquí, dame un abrazo.
Antes de que amanezca Federico hace el camino de vuelta.
Silencio, oscuridad, el pueblo despierta cuando aún es de noche y
Federico trepa por la ventana trasera hasta su cuarto. Juan, al
abrigo de las rocas, se ha quedado pensando en María.
Querido Juan,
Te escribo para decirte que te hecho tanto de menos... Cuento los días que no te tengo a mi lado. Hoy he vuelto a soñar que saltas por mi ventana, sucio y desvalido como aquella noche hace más de un mes. No se nada de ti, no se si ya has marchado al valle o si sigues en la montaña esperando instrucciones. No paro de pensar en ese barco. Tu hermano dice que no sabe nada de ti pero yo sé que miente, le daré esta carta y el sabrá hacértela llegar. Necesitaba escribirte, decirte algo importante. Estoy embarazada Juan. Embarazada de ti. Espero un hijo tuyo, un hijo de la libertad. Escapemos juntos, o vuelve rendido; no importa. Ahora solo importa nuestro hijo.
Siempre tuya, María.
Juan, en el más absoluto silencio vuelve a releer la carta
una y mil veces. Su corazón late con tanta fuerza que cree que se
le va a salir del pecho. ¿Debería volver? Eso sería un suicidio,
lo encontrarían lo matarían por sublevación y no solo eso, pondría
en peligro a María y su bebé. Su hijo.
-Nuestro hijo... -susurra en el silencio.
En el pueblo hoy hay más revuelo del habitual, corre el rumor
de que la guerrilla se está poniendo en armas y creen que el foco
del interior de la península se encuentra esparcido por los montes
de la localidad. Allí nadie sabe nada. Todos callan. Federico baja
hasta la plaza y ve como el cabo agarra del brazo a María.
-¡Dónde está tu novio! ¡Dime!
-No lo sé... -llora ella con las rodillas clavadas en el
suelo.
-¡Déjala!
-Mira quién viene por ahí... si es el hermanísimo. ¡Tú! ¡Ven aquí!
-¡Déjala ella no sabe nada!
-Entonces nos lo dirás tu.
-Yo tampoco lo sé. Juan se fue y ya no volvió, nos abandonó a todos. No tenemos nada que ver con él.
Desde el suelo, sollozando y asustada María mira a Fede que intenta mantener el tipo; con solo 17 años muestra casi más valentía que su hermano. Pero el cabo no se amedrenta, un puñetazo en la cara de Fede y una patada en el estomago. Cae al lado de María pero el cabo aún engancha a Fede del cuello y lo levanta para ponerlo a su altura.
-Te estamos vigilando. Sabemos que tu hermano está vivo y más
cerca de lo que creemos. Lo encontraremos y lo mataremos y luego
iremos a por ti para que reconozcas el cuerpo y te mataremos
también niñato.
El cabo se alejó dirección a la taberna dejando a los dos jóvenes en el suelo. María lloraba asustada y Fede, con la nariz sangrando y todos los músculos temblando solo acierta a consolar a aquella mujer que está perdiendo su vida esperando a alguien que ya deberían dar por perdido.
Pasan los días, cae la noche, en casa hay silencio. La madre duerme en el luto de un marido muerto en guerra, la hermana pequeña en sus brazos y él, asustado y noctámbulo, enciende Radio Pirenaica escondido debajo de la cama, en un volumen tan bajito que ni tan siquiera él logra escucharlo con claridad.
-...camaradas, el día de la reconquista se acerca, nuestros compañeros del valle de Arán ya se preparan en armas, la libertad está a un paso...
Siempre lo mismo, pero su hermano sigue pasando hambre y frío, alentado por los sueños de una libertad que, a pesar de lo que diga la radio, él ve cada vez más lejos. De repente un ruido, tres golpes de piedra en la ventana, Federico asustado apaga la radio.
-Abre Fede, corre. -es Juan que ha salido de la montaña. ¿Qué hace, está loco?
-Pasa corre, te van a ver; el cabo lleva unos días de ronda, tiene la mosca detrás de la oreja.
-Lo hemos matado Fede, el cabo ya no va a molestar más en este pueblo. Hemos venido a por armas, ha empezado la reconquista.
-¿Qué dices? ¿Y vienes aquí? Nos pondrás en peligro a todos...
El cabo se alejó dirección a la taberna dejando a los dos jóvenes en el suelo. María lloraba asustada y Fede, con la nariz sangrando y todos los músculos temblando solo acierta a consolar a aquella mujer que está perdiendo su vida esperando a alguien que ya deberían dar por perdido.
Pasan los días, cae la noche, en casa hay silencio. La madre duerme en el luto de un marido muerto en guerra, la hermana pequeña en sus brazos y él, asustado y noctámbulo, enciende Radio Pirenaica escondido debajo de la cama, en un volumen tan bajito que ni tan siquiera él logra escucharlo con claridad.
-...camaradas, el día de la reconquista se acerca, nuestros compañeros del valle de Arán ya se preparan en armas, la libertad está a un paso...
Siempre lo mismo, pero su hermano sigue pasando hambre y frío, alentado por los sueños de una libertad que, a pesar de lo que diga la radio, él ve cada vez más lejos. De repente un ruido, tres golpes de piedra en la ventana, Federico asustado apaga la radio.
-Abre Fede, corre. -es Juan que ha salido de la montaña. ¿Qué hace, está loco?
-Pasa corre, te van a ver; el cabo lleva unos días de ronda, tiene la mosca detrás de la oreja.
-Lo hemos matado Fede, el cabo ya no va a molestar más en este pueblo. Hemos venido a por armas, ha empezado la reconquista.
-¿Qué dices? ¿Y vienes aquí? Nos pondrás en peligro a todos...
-Tengo que hablar contigo. Tengo que pedirte un favor Fede... ¿Has leído la carta de María?
-Demasiadas preguntas hermano, hace unos días subí al pueblo para verla, necesitaba sentirla, olerla. Hicimos el amor como nunca y como resultado estamos esperando un hijo. ¿Has oído Fede? ¡Un hijo de la libertad, como dice ella! -y sacó de su bolsillo la carta, señalando el párrafo que Fede no sabe si creer.
-¿Y qué vas a hacer ahora? Dices que ya ha empezado la guerrilla, acabas de matar al cabo y marchas hacia el norte. ¿Qué vas a hacer? Te la vas a llevar a la guerra? ¿Pondrás en peligro a a María y a tu hijo?
-¡Yo no he matado a nadie!, ¿me oyes?
-¿Y si vas a la guerrilla? ¿Tampoco matarás a nadie?
-¡Calla!
-No me callo, dime. ¿Qué vas a hacer? ¿Te la llevas?
-No. Vas a llevártela tu.
-¿Qué?
-He arreglado unos papeles y os esperan al sur de Francia. ¿Te acuerdas de Miguel? Pues tiene amigos en la administración y os ha preparado todo para que marchéis esta mañana.
-¿Qué dices Juan? ¿Estás loco? Mañana por la mañana esto amanecerá en el caos, vendrá otro cabo y al primero que matarán será a mi. A María la encerrarán en una de esas cárceles de mujeres que dicen que hay y tu hijo nacerá preso, eso si llega ha hacerlo... llevan días detrás de nosotros, nos has llevado al paredón Juan...
-No ¿Qué carta?
-La que me trajiste la otra noche, ¿la has leído? ¡Dime!
-No, no le he leído, ¿pero que pasa Juan?
-Esta embarazada Fede, voy a ser padre.
-¿Pero cómo es posible?
-¿Cómo que cómo es posible? ¿eres tonto?
-Eso ya lo sé pero ¿cómo? Tu estabas en el monte, ¿ha ido
ella al monte? ¿Es eso?
-Demasiadas preguntas hermano, hace unos días subí al pueblo para verla, necesitaba sentirla, olerla. Hicimos el amor como nunca y como resultado estamos esperando un hijo. ¿Has oído Fede? ¡Un hijo de la libertad, como dice ella! -y sacó de su bolsillo la carta, señalando el párrafo que Fede no sabe si creer.
-¿Y qué vas a hacer ahora? Dices que ya ha empezado la guerrilla, acabas de matar al cabo y marchas hacia el norte. ¿Qué vas a hacer? Te la vas a llevar a la guerra? ¿Pondrás en peligro a a María y a tu hijo?
-¡Yo no he matado a nadie!, ¿me oyes?
-¿Y si vas a la guerrilla? ¿Tampoco matarás a nadie?
-¡Calla!
-No me callo, dime. ¿Qué vas a hacer? ¿Te la llevas?
-No. Vas a llevártela tu.
-¿Qué?
-He arreglado unos papeles y os esperan al sur de Francia. ¿Te acuerdas de Miguel? Pues tiene amigos en la administración y os ha preparado todo para que marchéis esta mañana.
-¿Qué dices Juan? ¿Estás loco? Mañana por la mañana esto amanecerá en el caos, vendrá otro cabo y al primero que matarán será a mi. A María la encerrarán en una de esas cárceles de mujeres que dicen que hay y tu hijo nacerá preso, eso si llega ha hacerlo... llevan días detrás de nosotros, nos has llevado al paredón Juan...
Juan, presa de la rabia atesta un bofetón a su hermano.
-No digas esas tonterías. Lo he pensado al milímetro. Os iréis ahora, antes de que amanezca. Cuando el pueblo haya descubierto la muerte del cabo vosotros ya estaréis en Zaragoza; allí os esperan con los papeles.
-¿Qué pasa con tu madre? ¿Y Carmencita? Juan... es todo tan rápido...
-Ellas estarán bien. No te preocupes Fede... Ahora corre a por María, no hay tiempo que perder.
En la esquina de casa, un maqui guarda la espalda de Juan, que a arriesgado mucho para entrar en casa. Levanta el puño y susurra “Salud”. Fede ahora corre calle abajo, hasta casa de María. Lanza tres piedras en la ventana como hacía siempre Juan y no tarda ni un segundo en abrir la puerta.
-Pasa...
-María... ¿me estabas esperando?
-He oído ruido, hace tiempo que no pego ojo por las noches... ¿Pasa algo? ¿Es Juan, le ha pasado algo a Juan?
-No, si. No sé María, tenemos que marcharnos... Me ha dejado esta carta.
María, con las manos temblorosas y torpes desdobla la hoja y lee en silencio mientras las lágrimas resbalan mojando el papel.
Amada María,
-No digas esas tonterías. Lo he pensado al milímetro. Os iréis ahora, antes de que amanezca. Cuando el pueblo haya descubierto la muerte del cabo vosotros ya estaréis en Zaragoza; allí os esperan con los papeles.
-¿Y María? ¿Sabe algo de esto?
-Ahora irás tu a decírselo. He preparado una carta donde le
explico todo. -Juan alarga la mano dando a su hermano un papel
roto, amarillento y lleno de tachones.
-¿Y tu? ¿Qué pasa contigo?
-Yo iré de pueblo en pueblo, devolviendo a este país la
libertad que nos quitaron, antes de que te des cuenta todo esto
habrá terminado y me reuniré con vosotros en el sur de Francia
para traeros de vuelta al país libre que será España.
-¿Qué pasa con tu madre? ¿Y Carmencita? Juan... es todo tan rápido...
-Ellas estarán bien. No te preocupes Fede... Ahora corre a por María, no hay tiempo que perder.
En la esquina de casa, un maqui guarda la espalda de Juan, que a arriesgado mucho para entrar en casa. Levanta el puño y susurra “Salud”. Fede ahora corre calle abajo, hasta casa de María. Lanza tres piedras en la ventana como hacía siempre Juan y no tarda ni un segundo en abrir la puerta.
-Pasa...
-María... ¿me estabas esperando?
-He oído ruido, hace tiempo que no pego ojo por las noches... ¿Pasa algo? ¿Es Juan, le ha pasado algo a Juan?
-No, si. No sé María, tenemos que marcharnos... Me ha dejado esta carta.
María, con las manos temblorosas y torpes desdobla la hoja y lee en silencio mientras las lágrimas resbalan mojando el papel.
Amada María,
Releo tu carta una y otra vez, no cojo en la dicha de que me vayas
a dar un hijo. Un hijo de la libertad, qué bonito nombre para una
niña que lleve tus ojos y ese color de tu piel. No dejo de pensar
en ti y en aquella noche en que fuiste mía. Por eso no puedo dejar
que vivas encerrada en un pueblo que no te quiere, un país que no
es libre, que cases con un hombre que no sea yo, ni que mi hijo
tenga un apellido que no sea el mío. ¿Te acuerdas de nuestro amigo
Miguel, el poeta? Os espera en Zaragoza con unos papeles falsos,
tu y Fede seréis unos recién casados y marcharéis al sur de
Francia, así no tendréis problemas para cruzar la frontera.
También hay un carnet de la falange para Fede, por si acaso; ya sé
que a él no le hará gracia ver su cara en ese papel pero es lo
único que podemos hacer. Allí Fede cuidará de ti y de nuestro
futuro hijo. Cuando menos te lo esperes me reuniré con vosotros y
nunca nadie nos separará. Tenéis que marchar inmediatamente.
Siempre tuyo Juan.
Siempre tuyo Juan.
María abrazó a su cuñado que ya nunca más será su cuñado, si
no un marido de pega que cuidará de ella mientras espera a su
amado Juan. Con lágrimas en los ojos Federico y María se despiden
del pueblo donde dejan todo, con sueños de libertad suben a la
camioneta que los dejará en otro pueblo, y de ahí a otro más
lejano y de ahí a otro más al norte.
Tiempo después la pequeña niña Libertad crece en un pueblecito de Francia, ajena al mundo. La niña ya no es tan niña, y a ella nadie le ha dicho que su padre no es su padre, a ella nadie le ha explicado porque sus padres nunca se besan, ni porque su madre se pasa las horas mirando por la ventana, ni porque su padre grita el nombre de un tal Juan mirando a la montaña. A la pequeña niña Libertad, que no es tan pequeña ni tan niña se le escapan algunas cosas pero calla. Porque en ese pueblo de exiliados españoles todos callan y ella ya ha aprendido que, de momento, hay que callar. De Juan nunca más se supo. María envejece mirando a la ventana y Federico llora por no haber sabido amar a María como Juan la hubiese amado.
Tiempo después la pequeña niña Libertad crece en un pueblecito de Francia, ajena al mundo. La niña ya no es tan niña, y a ella nadie le ha dicho que su padre no es su padre, a ella nadie le ha explicado porque sus padres nunca se besan, ni porque su madre se pasa las horas mirando por la ventana, ni porque su padre grita el nombre de un tal Juan mirando a la montaña. A la pequeña niña Libertad, que no es tan pequeña ni tan niña se le escapan algunas cosas pero calla. Porque en ese pueblo de exiliados españoles todos callan y ella ya ha aprendido que, de momento, hay que callar. De Juan nunca más se supo. María envejece mirando a la ventana y Federico llora por no haber sabido amar a María como Juan la hubiese amado.
Libertad, que ya no es una niña sino una mujer; descubre en
un cajón un papel roto, amarillento y lleno de tachones, la madre
no quiere decir nada pero Libertad, como su nombre, ya puede
volver al país que una vez soñó en ser libre y sigue buscando a su
padre.
De pueblo en pueblo.
De cuneta en cuneta.
Pero de Juan nunca más se supo.
Soraya Peñarrubia
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