Dicho esto en los últimos días he observado como personas de toda ideología y semblante cultural bombardeaban las redes sociales con opiniones de todo tipo. Bajo mi asombro y mi lectura de todas las opiniones, he llegado a la conclusión de que mi muro se dividía en tres tipos de personas diferentes: Los políticamente interesados y activos, aquellos a los que no les gusta la política y, por último y más numerosos, aquellos a los que no les interesa la política.
Yo siempre me he considerado del primer grupo, aunque a menudo las circunstancias me hacen esconderme bajo la comodidad del segundo. Pero no nos engañemos amigos, el mero hecho de estar escribiendo esto me lanza de cabeza al grupo de los políticamente activos.
Mucha gente que ahora esté leyendo esto se preguntará: ¿Qué diferencia existe entre a los que no les gusta la política y aquellos a los que no les interesa?¿No son los mismos? Rotundamente No.
La mayoría de ciudadanos encuentran en la política un asunto aburrido, lleno de promesas, palabras vacías y juegos sucios para alzarse con el poder. Pero esto no les hace olvidar que la política es un arma necesaria e imprescindible si queremos forjar un futuro civilizado. Desde la antigua Grecia la política ha gobernado los pueblos y se ha ido forjando el mundo en el que hoy vivimos. Las personas que reciben la política con un bostezo, de la misma forma que yo recibo la última etapa de la Vuelta a España, son muy conscientes de la necesidad de la política, de las diferentes ideologías y las diferentes formas de gobernar un país. Éstas personas no opinan, pero dejan opinar; no se mojan, pero dejan que otros se mojen; no gritan, pero escuchan. Éstas personas, por regla general, ejercen su derecho a voto, van a su cita con las urnas con el voto de siempre dentro del sobre casi siempre del mismo color, conscientes de lo que van hacer pero muy reacios a cambiar su punto de vista. He dicho: por regla general.
Desgraciadamente en mi entorno me he encontrado con un numeroso grupo de personas a los que no les interesa la política, ignorando por completo lo necesaria que es ésta en el día a día. Personas cargadas de razón que creen que nada de lo que le haga en las altas esferas les incumbe, que ellos seguirán trabajando del mismo modo, cobrando a final de mes y durmiendo todos los días en la misma cama. Nada más lejos de la realidad.
La política no son palabras vacías en tertulias de las altas esferas. La política, amigos míos, está en la barra de pan que compras cada día, en la gasolina que quemas de camino al trabajo, en la nómina que da comer a tus hijos y, como no, en el entretenimiento que consumes sentado e ignorante mientras piensas que nada va a cambiar tu bienestar o tu pesadilla. La historia nos ha enseñado lo necesaria que es la política, y no hay más ciego que el que no quiere ver. Éstos desinteresados de la política se dividen a la vez en dos: los que el día de ejercer su derecho a voto lo desoyen con total libertad y se quedan en casa, consecuentes con su indiferencia mientras dan la espalada a la única manera que tenemos los ciudadanos de cambiar la barra de pan que compras cada día, la gasolina que consumes de camino al trabajo y la nómina que dará de comer a tus hijos. Sí amigo indiferente, todo esto puedes cambiarlo con el mero hecho de ejercer el derecho a voto. La decisión es claramente respetable. Dentro de estos indiferentes está el segundo grupo, aquel que ni entiende ni quiere entender el poder de la política pero sí ejerce su derecho a voto, acude a su cita con las urnas de la mano de un familiar que previamente ha cedido el sobre con el voto que más ha convenido, o bien lleva en la mano una ideología que mamó en casa de los abuelos pero que no entiende, o quizá sin saber muy bien porque, quiere sentir el derecho a cambiar las cosas para cargarse de razón cuando el escrutinio diga que, finalmente, no ha cambiado nada. Todo esto en líneas generales; no se vayan a confundir.
Por último quiero hablar de los políticamente activos. Estos se dividen en dos grupos, muy amplios y muy dispares entre sí: los informados y los no informados.
Los ciudadanos políticamente activos son muy conscientes de lo necesaria que es la política en nuestro día a día, de todo lo que se puede cambiar y, sobretodo, de todo lo que debemos mantener. Estos, como yo, aprovechan cualquier situación para verter su opinión y su crítica sobre el tema a tratar, a veces imponiendo su pensamiento al resto, otras simplemente argumentando sus ideas con ejemplos activos y palabras cuidadas. No hace falta decir que una persona desinformada intentará imponer su opinión y una persona bien informada sabrá argumentar sus palabras.
En los últimos días, al hilo de las elecciones municipales y autonómicas me he encontrado con mucha gente políticamente crítica y activa, en su mayoría del grupo desinformado, que intenta imponer unos ideales que cree como únicos y validos; apoyados por noticias manipuladas que, de ningún modo se han molestado en contrastar. Estos ciudadanos tienen el pleno derecho a hacerlo, desde luego, lo que quizá no saben es que si van a intentar imponer unas ideas tienen la obligación de informarse a conciencia y ser críticos con ellos mismos pues, como todos sabemos, la política es seria y necesaria e intentar manipularla es el primer paso para corromperla.
Durante estos días he visto como ciudadanos políticamente informados rebatían las lecciones sobre política que los desinformados intentaban imponer, dejando a éstos sin argumentos; lógicamente. Y, como no podía ser de otra manera, nace un debate que deja sin argumentos a aquel que no se ha preparado bien la lección. Todo siempre; por regla general.
Estos ciudadanos políticamente críticos y activos, ya sea informados o desgraciadamente desinformados, acuden a su cita con las urnas con la cabeza bien alta, conscientes de que está en su mano el rumbo de la sociedad y participando con una sonrisa de la fiesta de la democracia.
Ahora viene la anécdota que más ha llamado mi atención en esta semana y, sin duda la que me ha empujado a escribir éste artículo.
Y es que, cuando en una conversación (y que quede claro que digo una “conversación”, no digo “discusión”) entre dos o más personas políticamente críticas y con ideas dispares, entran al juego aquellos a los que o bien no les gusta o bien no les interesa la política la conversación se distorsiona. La herramienta básica de la política es el debate, y un debate no es una discusión. Yo debato a diario con amigos sobre cualquier tema, siempre y cuando tenga información necesaria para hacerlo. No puedo debatir sobre algo que no me interesa.
He leído y escuchado que “por qué amigos que se llevan bien discuten sobre política hasta el punto de desacreditarse el uno al otro”. Pues porque eso es la política amigos míos: exponer una idea con argumentos para intentar mejorar lo mejorable.
Otra cosa que también he oído es algo mucho más sorprendente si cabe: “Hablar de política es ser un radical, dejad ya de discutir no vais a arreglar nada”. No amigos, hablar de política es ser consecuente con nuestra sociedad, porque la política es la herramienta más necesaria para nuestro bienestar. Ser un radical es imponer una ideología a la fuerza y sin argumentos. Debatir de política es ser consciente de la importancia que ésta tiene. Discutir de política es no saber muy bien qué decir, pero sí querer decirlo a toda costa.
Sin más espero haberos hecho reflexionar sobre si la política es necesaria o no. En el caso de que hayas descubierto que la política es más necesaria de lo que muchos piensan, espero que hayáis descubierto que debatir sobre política no es ni malo ni radical, siempre y cuando se respete al compañero e, imprescindiblemente, informándose muy bien sobre la idea a imponer.
Si sigues siendo indiferente a la política, por favor, deja que los que disfrutamos del poder del cambio y la participación podamos seguir debatiendo sobre nuestros derechos ante un adversario a la altura de nuestras informaciones.
No somos radicales, somos consecuentes.
Por regla general.