El 28 de Junio se celebra el día
Internacional del Orgullo Gay, recientemente en Estados Unidos han
legalizado el matrimonio homosexual y nuestras redes sociales se han
llenado de avatares teñidos con los colores del arco iris. Muchos de
vosotros os sumáis a una iniciativa de visibilidad a la que me
uniría si no fuese porque yo abogo por esa visibilidad todos los
días, todas las horas y todos los minutos de mi vida.
Tenía 18 años cuando, recién
estrenado el curso en el que empezaba a estudiar Fotografía, una
compañera de clase hablaba con total naturalidad de su novia. Con la
naturalidad que cualquier pareja heterosexual hablaría de su día a
día. Era la primera vez que yo escuchaba hablar de una relación
lésbica en esos términos. Nunca antes lo había pensado, y me
pareció lo más bonito, tranquilizador y esperanzador que había
escuchado nunca. Ya conocía a varios gays, alguno de ellos cercanos
a mí; pero fue esa relación entre mujeres la que me abrió los
ojos.
Voy a empezar, para quien todavía no
lo sepa, diciendo que yo no soy lesbiana; pero sí bisexual.
Orgullosamente bisexual. Desde niña, y mucho más siendo
adolescente, he vivido en la dualidad de tener que elegir entre
hombre y mujer. En mi entorno reducido de pueblo pequeño y lleno de
prejuicios me ocupé de que nadie lo sospechara jamás y me aferré a
esa parte de mí a la que le gustaban los hombres. Me escondí y
durante años oculté a mi gente esa otra mitad mía de la que tan
orgullosa me siento. Y ese es el mayor error que he cometido jamás.
Estoy escribiendo esto con la esperanza de que nadie más lo cometa.
Aunque sospecho que siempre habrá alguien oculto en el armario del
miedo.
Como ya he dicho antes, alrededor de
los 18 años, empecé a descubrir a mujeres felices al lado de otras
mujeres felices. Me dije a mi misma que yo podía ser una de esas
algún día y que nadie podía creerse en el derecho de decirme lo
que tenía que hacer, con quién lo tenía que hacer y el modo en el
que tenía que hacerlo. En clase eramos cuatro chicas, dos de ellas
lesbianas que vivían felizmente en pareja. El tiempo hizo que se
creara un grupito, típico grupito de clase, ellas dos, un chico que
compartía amistades con ellas y yo. Con ellos aprendí que la vida
puede ser mejor si no dejas que el resto del mundo influya en tus
pensamientos. Frecuentaba círculos que antes creía ocultos y
descubrí un mundo que era el mismo mundo en que vivía, pero mejor.
Un mundo claro y sin ataduras. En varias ocasiones mis compañeras me
preguntaron si a mi también me gustaban las mujeres. Dudé siempre
en contestar y siempre les mentí. Me arrepiento profundamente de
haberles mentido, ellas me hubiesen ayudado a ser mejor persona, a
sentirme mejor conmigo y con mi mundo. Siento pesar en mí aquella
mentira, pero sé que ellas leyeron en mis ojos la verdad.
Tiempo después conocí a Marta. Me
enamoré perdidamente de ella y decidí que era el momento de empezar
a “salir del armario”. Marta no era la primera mujer de la que me
enamoraba, pero eso es algo que me guardo para mí y solo para mí.
Pero ella sí fue la primera que me enseñó que si quieres algo hay
que luchar por ello y, muy a menudo la lucha solitaria es una lucha
perdida. Me llené de valor y empecé a contar a mis amigos más
cercanos, uno a uno, que me gustaban las mujeres, que siempre me
habían gustado pero que nunca me había atrevido a decirlo. Cada
nueva amiga que conocía mi historia me abrazaba y me decía que me
quería y que nada podía cambiar nuestra amistad. No hace falta
decir que tengo las mejores amigas y mejor amigo del mundo, pero lo
voy a decir: tengo los mejores amigos del mundo. Aquí hemos venido a
hablar de amor, y ellas/o me lo dan todos los días.
Cada vez que contaba a alguien mi
orientación sexual era como una si la enorme piedra que arrastraba
conmigo fuera desprendiéndose de mí. Me sentía mal por haber
ocultado aquello a mis amigos que otras veces habían confiado en mí
y me sentí estúpida. Me prometí que nunca nadie se interpondría
en mi libertad. Creo que tenía 20 o 21 años cuando empecé a salir
con Laura; se acercaba el verano y yo iba a estar mucho tiempo sin
verla. Tenía que contárselo a mis padres. Tengo la enorme suerte de
tener mejores padres que amigos. Mi madre simplemente dijo: “Soraya,
hija; lo único que quiero es que seas feliz, ¿a mí que más me da
con quién te acuestes?” Mi padre dijo: “¡Vaya! ¿Y ahora te das
cuenta? Yo esto ya lo sabía...” Así son nuestros padres, ellos
nos conocen mejor que nosotros mismos y joder, papá; me lo podías
haber dicho antes y a mí me habrías ahorrado una adolescencia
creyéndome una cerda pervertida.
Desde ese día me he acostado con
mujeres y hombres; seguiré haciéndolo hasta encontrar a la Persona
que me haga realmente feliz y nunca ocultaré esa decisión a nadie.
Me siento orgullosa y feliz de ser como soy y lo grito allá donde
voy. Nadie decidirá por mí a quién amar.
Yo tuve la enorme suerte de tener
amigos comprensivos y padres libres y progresistas que anteponen la
felicidad de sus hijos a la suya propia. Pero no todo el mundo tiene
esa suerte. Conozco gente cercana que ha vivido oculta a su familia
hasta desgarrarse por dentro, apretando el corazón en un puño y
llorando en silencio el miedo de vivir libre. Me entristece
profundamente que la gente viva con miedo a ser rechazado por su
familia, familia que le ama y le amará siempre. Aunque le duela.
Desde el día en que todo mi entorno
conocía mi orientación bisexual, incluidos mis padres, decidí que
no me ocultaría, que haría las bromas necesarias para normalizar mi
vida y poco a poco todo el que me conociera supiese que soy libre de
amar a quien me ame. Completamente libre.
Me parece un absurdo que hoy en día a
2015, se siga tratando de enfermo a alguien que solo quiere amar y
ser amado. Que se celebre la legalidad de un matrimonio homosexual
solo es un paso más para la visibilidad, para que todos aquellos que
piensen que acostarse con alguien de tu mismo sexo es enfermizo se
den cuenta que la única enfermedad que existe es la discriminación
hacía cualquier persona por raza, edad, discapacidad u orientación
sexual. Que se salga a la calle portando una bandera arco iris para
celebrar que el ayuntamiento de la capital ondea la misma bandera
como guiño para decirnos: “no estáis solos” es sólo otro
pequeño paso.
Yo quiero que un día los niños y
niñas no tengan miedo a crecer con sus dudas y puedan despejarlas
antes de sentirse desgraciados. Quiero que si tienes dudas las
aclares y que si lo tienes claro no te escondas. El amor es
maravilloso. Coge de la mano a tu pareja, a tus amigos y a tu familia
y grita fuerte: “¡Yo amo y amo libre!”. Que nadie te calle.
Quiero acabar dando las gracias a todos
a los que he amado: a mis padres por ser maravillosos, a mis amigos;
Iván, Sole, Inma, Sara, Ely, Cris, Naza, Ángel, vosotros sois
fuertes y me habéis hecho fuerte a mí. A Lola y Rebeca por
enseñarme el paraíso y aguantar mis mentiras piadosas, a Carlos por
lo mismo. A la pequeña Marta por enseñarme que el amor es grande y
a Laura por enseñarme a amar, algo que no sabía hasta que la
conocí. Y a Rubén, por ser El Hombre que en mi juventud hetero
supo estar a la altura para olvidar a cualquier mujer que se pusiera
delante. Gracias a todos, soy como soy porque vosotros me habéis
amado así.


