domingo, 28 de junio de 2015

El día que descubrí el arco iris.


El 28 de Junio se celebra el día Internacional del Orgullo Gay, recientemente en Estados Unidos han legalizado el matrimonio homosexual y nuestras redes sociales se han llenado de avatares teñidos con los colores del arco iris. Muchos de vosotros os sumáis a una iniciativa de visibilidad a la que me uniría si no fuese porque yo abogo por esa visibilidad todos los días, todas las horas y todos los minutos de mi vida.

Tenía 18 años cuando, recién estrenado el curso en el que empezaba a estudiar Fotografía, una compañera de clase hablaba con total naturalidad de su novia. Con la naturalidad que cualquier pareja heterosexual hablaría de su día a día. Era la primera vez que yo escuchaba hablar de una relación lésbica en esos términos. Nunca antes lo había pensado, y me pareció lo más bonito, tranquilizador y esperanzador que había escuchado nunca. Ya conocía a varios gays, alguno de ellos cercanos a mí; pero fue esa relación entre mujeres la que me abrió los ojos.

Voy a empezar, para quien todavía no lo sepa, diciendo que yo no soy lesbiana; pero sí bisexual. Orgullosamente bisexual. Desde niña, y mucho más siendo adolescente, he vivido en la dualidad de tener que elegir entre hombre y mujer. En mi entorno reducido de pueblo pequeño y lleno de prejuicios me ocupé de que nadie lo sospechara jamás y me aferré a esa parte de mí a la que le gustaban los hombres. Me escondí y durante años oculté a mi gente esa otra mitad mía de la que tan orgullosa me siento. Y ese es el mayor error que he cometido jamás. Estoy escribiendo esto con la esperanza de que nadie más lo cometa. Aunque sospecho que siempre habrá alguien oculto en el armario del miedo.

Como ya he dicho antes, alrededor de los 18 años, empecé a descubrir a mujeres felices al lado de otras mujeres felices. Me dije a mi misma que yo podía ser una de esas algún día y que nadie podía creerse en el derecho de decirme lo que tenía que hacer, con quién lo tenía que hacer y el modo en el que tenía que hacerlo. En clase eramos cuatro chicas, dos de ellas lesbianas que vivían felizmente en pareja. El tiempo hizo que se creara un grupito, típico grupito de clase, ellas dos, un chico que compartía amistades con ellas y yo. Con ellos aprendí que la vida puede ser mejor si no dejas que el resto del mundo influya en tus pensamientos. Frecuentaba círculos que antes creía ocultos y descubrí un mundo que era el mismo mundo en que vivía, pero mejor. Un mundo claro y sin ataduras. En varias ocasiones mis compañeras me preguntaron si a mi también me gustaban las mujeres. Dudé siempre en contestar y siempre les mentí. Me arrepiento profundamente de haberles mentido, ellas me hubiesen ayudado a ser mejor persona, a sentirme mejor conmigo y con mi mundo. Siento pesar en mí aquella mentira, pero sé que ellas leyeron en mis ojos la verdad.

Tiempo después conocí a Marta. Me enamoré perdidamente de ella y decidí que era el momento de empezar a “salir del armario”. Marta no era la primera mujer de la que me enamoraba, pero eso es algo que me guardo para mí y solo para mí. Pero ella sí fue la primera que me enseñó que si quieres algo hay que luchar por ello y, muy a menudo la lucha solitaria es una lucha perdida. Me llené de valor y empecé a contar a mis amigos más cercanos, uno a uno, que me gustaban las mujeres, que siempre me habían gustado pero que nunca me había atrevido a decirlo. Cada nueva amiga que conocía mi historia me abrazaba y me decía que me quería y que nada podía cambiar nuestra amistad. No hace falta decir que tengo las mejores amigas y mejor amigo del mundo, pero lo voy a decir: tengo los mejores amigos del mundo. Aquí hemos venido a hablar de amor, y ellas/o me lo dan todos los días.

Cada vez que contaba a alguien mi orientación sexual era como una si la enorme piedra que arrastraba conmigo fuera desprendiéndose de mí. Me sentía mal por haber ocultado aquello a mis amigos que otras veces habían confiado en mí y me sentí estúpida. Me prometí que nunca nadie se interpondría en mi libertad. Creo que tenía 20 o 21 años cuando empecé a salir con Laura; se acercaba el verano y yo iba a estar mucho tiempo sin verla. Tenía que contárselo a mis padres. Tengo la enorme suerte de tener mejores padres que amigos. Mi madre simplemente dijo: “Soraya, hija; lo único que quiero es que seas feliz, ¿a mí que más me da con quién te acuestes?” Mi padre dijo: “¡Vaya! ¿Y ahora te das cuenta? Yo esto ya lo sabía...” Así son nuestros padres, ellos nos conocen mejor que nosotros mismos y joder, papá; me lo podías haber dicho antes y a mí me habrías ahorrado una adolescencia creyéndome una cerda pervertida.

Desde ese día me he acostado con mujeres y hombres; seguiré haciéndolo hasta encontrar a la Persona que me haga realmente feliz y nunca ocultaré esa decisión a nadie. Me siento orgullosa y feliz de ser como soy y lo grito allá donde voy. Nadie decidirá por mí a quién amar.

Yo tuve la enorme suerte de tener amigos comprensivos y padres libres y progresistas que anteponen la felicidad de sus hijos a la suya propia. Pero no todo el mundo tiene esa suerte. Conozco gente cercana que ha vivido oculta a su familia hasta desgarrarse por dentro, apretando el corazón en un puño y llorando en silencio el miedo de vivir libre. Me entristece profundamente que la gente viva con miedo a ser rechazado por su familia, familia que le ama y le amará siempre. Aunque le duela.

Desde el día en que todo mi entorno conocía mi orientación bisexual, incluidos mis padres, decidí que no me ocultaría, que haría las bromas necesarias para normalizar mi vida y poco a poco todo el que me conociera supiese que soy libre de amar a quien me ame. Completamente libre.

Me parece un absurdo que hoy en día a 2015, se siga tratando de enfermo a alguien que solo quiere amar y ser amado. Que se celebre la legalidad de un matrimonio homosexual solo es un paso más para la visibilidad, para que todos aquellos que piensen que acostarse con alguien de tu mismo sexo es enfermizo se den cuenta que la única enfermedad que existe es la discriminación hacía cualquier persona por raza, edad, discapacidad u orientación sexual. Que se salga a la calle portando una bandera arco iris para celebrar que el ayuntamiento de la capital ondea la misma bandera como guiño para decirnos: “no estáis solos” es sólo otro pequeño paso.

Yo quiero que un día los niños y niñas no tengan miedo a crecer con sus dudas y puedan despejarlas antes de sentirse desgraciados. Quiero que si tienes dudas las aclares y que si lo tienes claro no te escondas. El amor es maravilloso. Coge de la mano a tu pareja, a tus amigos y a tu familia y grita fuerte: “¡Yo amo y amo libre!”. Que nadie te calle.


Quiero acabar dando las gracias a todos a los que he amado: a mis padres por ser maravillosos, a mis amigos; Iván, Sole, Inma, Sara, Ely, Cris, Naza, Ángel, vosotros sois fuertes y me habéis hecho fuerte a mí. A Lola y Rebeca por enseñarme el paraíso y aguantar mis mentiras piadosas, a Carlos por lo mismo. A la pequeña Marta por enseñarme que el amor es grande y a Laura por enseñarme a amar, algo que no sabía hasta que la conocí. Y a Rubén, por ser El Hombre que en mi juventud hetero supo estar a la altura para olvidar a cualquier mujer que se pusiera delante. Gracias a todos, soy como soy porque vosotros me habéis amado así.   


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