Amigos taurinos, voy a contaros una
historia. Una historia real, mi historia con los animales.
Muchos de vosotros sabréis que mi
abuelo paterno siempre ha sido pastor, hasta el día en que la
enfermedad pudo con su trabajo mi abuelo dedicó toda su vida al
cuidado de los animales; nadie que yo haya conocido ama tanto a los
animales como los ama mi abuelo. Éste inculcó el amor a los
animales a mi padre y así ambos intentaron inculcármelo a mí. Os
estoy diciendo que mi abuelo, el pastor, dedicó toda su vida a
cuidar el ganado: un trabajo cuyo fin era llevar a los jóvenes
corderos al matadero.
Mi abuelo dedicó toda su vida a que a
aquellas ovejas, corderos, cabras y cabritos nunca les faltara de
nada. Todos los días del año sacaba a pastar a sus animales,
educaba a su perro pastor, limpiaba su bebedero, llenaba las cuadras
de paja y piedras gigantes de sal, ayudaba en los partos a las
ovejas, alimentaba a biberón él mismo a aquellos corderos que la
madre rechazaba. No había día del año en mi abuelo olvidara su
obligación para con los animales. Y, por supuesto, cuando el animal
llegaba a su peso y edad óptima éste iba al matadero, lo
sacrificaban y servía de alimento a las personas; personas como tu y
como yo que hemos comido cordero.
Os voy a contar una anécdota real que
mi familia cuenta en cualquier círculo siempre que tiene ocasión
para que veáis hasta que punto vivía familiarizada con el trabajo
de mi abuelo:
Era yo una niña, tan niña que a penas
sabía hablar y caminar entre el terreno abrupto del corral de mi
abuela. Siempre que venía el carnicero a pesar y comprar los
corderos dormía casa de mi abuela para no perderme ese espectáculo.
Una de esas veces estaba junto a mi abuelo mientras el carnicero
colocaba un cordero en la báscula romana del corral y el animal no
paraba de balar y balar desesperado, en los ojos se le veía
consciente de su futuro inmediato, yo me acerqué al cordero y dije
con total naturalidad:
-No llores ovejita, si te vamos a
comer.
Desde bien pequeña normalicé en mi
cabeza que el fin del sacrificio y el amor que mi abuelo procesaba a
sus animales era la alimentación humana. Que si yo quería comer las
“chicas de palo” que tanto me gustan ese cordero se tenía que
subir al camión del carnicero y ser sacrificado; que ese animal
tenía el fin de ser alimento para el resto.
Y no sólo eso, mi abuela, que junto a
mi abuelo se dedicaba al cuidado de los animales, tenía (y sigue
teniendo): gallinas, pollos y conejos; y en ocasiones pavos y patos.
Animales que, además de habernos proporcionado a toda la familia
huevos frescos siempre que los hemos precisado, nos han dado alimento
casi semanal gracias al sacrificio de mi abuela. Desde niña, muy
niña; me he levantado los domingos en la casa de mi abuela y he
llegado al corral para observar admirada como mi abuela colgaba un
conejo, le daba un golpe seco en la nuca y a continuación empezaba a
despellejarlo y abrirlo para sacar el mayor provecho al animal. Nunca
sentí asco, ni repulsión, ni si quiera pena. Dentro de unas horas
me comería una rica paella -probablemente la mejor que haya comido
nunca, la de mi abuela- gracias a ese animal que acababa de morir. A
veces el sacrificado era un pollo, otras veces un pavo.
Aquí os dejo unas fotos. La primera
soy yo junto a mi abuelo en su granja rodeada de las ovejas,
“ayudando” a su cuidado. La segunda vuelvo a ser yo, esta vez
junto a mi abuela, que despelleja un conejo mientras mi sonrisa de
niña luce impecable. Gracias a la buena costumbre de mi madre para
catalogar las fotos sé que ambas son de 1993.
Ahora bien. Yo, que desde pequeña he
visto el sacrificio animal de cerca y lo he encontrado necesario, no
voy a permitir jamás que se compare con la tortura de un toro porque
no tiene absolutamente nada que ver. No voy a permitir que ningún
taurino justifique su tortura animal con el hecho de comer carne. Ni
tan si quiera que se atreva a insinuar que yo, por no compartir su
masacre, no tengo el derecho a comer su manjar.
Yo, que no me considero anti-taurina y
siempre he respetado esa tradición, me estoy empezando a hartar, y
de qué manera, de vuestros desprecios y vuestras mal justificadas
razones.
Un toro NO quiere ser humillado y
toreado.
La tradición NO justifica la tortura.
Un torero NO es un héroe, un torero es
un loco vestido de payaso; (aunque lo de payaso ya lo dijo ska-p).
El toreo NO es un arte. He estudiado
arte, amo el arte por encima de muchas cosas, y jamás permitiré que
se le llame “arte” a eso.
Os creéis que os gustan los animales
porque amáis al toro bravo. ¿Pero cómo podéis ser tan hipócritas?
Mi abuelo cuidó a sus animales en
libertad, les dio su tiempo y su trabajo para al final llevarlos al
matadero. Si alguna vez un animal caía enfermo y había que
sacrificarlo antes de tiempo mi abuelo lo hacía con lágrimas en los
ojos. Él amaba a los animales. Vosotros disfrutáis mareándolo y provocándolo, clavándole
banderillas hasta debilitarlo, para al final matarlo -en el mejor de
los casos y muy pocas veces de una estocada-. Vosotros amáis torturar a un animal.
Yo respetaba vuestra tradición hasta
que os habéis convertido tan insoportablemente radicales de no
respetar mi amor por los animales. Os he perdido todo el respeto
amigos.